Vagando por los puertos: el Sireno del Puerto Viejo de Algorta

La fotografía del Sireno del Río de la Plata está instalada en el muelle del Puerto Viejo de Algorta de manera que interactua con el mar, es decir, la imagen ofrece diferentes lecturas en función de la marea: la pleamar nos dejará ver únicamente el retrato de un hombre con el torso desnudo, mientras que a medida que baja la marea se va desvelando que se trata de un ser marítimo, un sireno.

¡Qué bueno está el sireno, maestro! ¿Dónde lo pescó?, se oye preguntar.

Para Marcos López, el autor, el Sireno del Río de la Plata es una metáfora de la periferia. Apareció una mañana medio ahogado en las aguas del Río de la Plata. El río sin orillas que se parece al mar. El río por donde entraron los conquistadores a buscar el oro de la inmensa América. El Sireno es una ilusión.

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Ulises y las mujeres (3/6): las sirenas

Las sirenas, ¡ay las sirenas! Por más que fuesen ninfas del agua, tenían alas y un hermoso rostro de doncellas, unos dicen que eran tres, otros cinco y algunos ocho. ¡Qué más da! Eran suficientes para perder a los hombres.

Su presencia era anunciada por un murmullo armonioso, su canto era mágico. Sus voces suaves llegaban al corazón de los marinos que para oírlas mejor adelantaban su cuerpo acercándose casi sin darse cuenta a la superficie del mar en el que acababan cayendo para no regresar jamás.

Pero estaba decretado que cuando un hombre pudiese pasar junto a ellas sin verse obligado a precipitarse hacia el mar, estas hijas de las aguas perecerían irremediablemente. Y fue Ulises quien provocó la llegada de ese día fatal, logrando que su barco y su tripulación dejaran atrás la isla sin mayores percances.

Siguiendo los consejos de su antigua amante Circe, la de las lindas trenzas, Ulises ordenó a sus hombres que lo ataran de pies y manos al mástil, y que se tapasen los oídos con cera para no oír los cantos de las bellas.

Cuando la embarcación navegaba a poca distancia de la isla, Ulises oyó sus palabras: “Célebre Odiseo, gloria insigne… acércate y detén la nave para que oigas nuestra voz… todos se van después, sabiendo más que antes… sabemos cuántas fatigas habéis padecido…”. ¡Qué engañadoras!

Ulises sintió en su corazón ganas de oírlas y movió las cejas mandando a los compañeros que lo desatasen” – recordemos que éstos no oían nada y que tenían órdenes de que si les rogaba o mandaba que le soltasen le ataran aún más fuertemente. Así lo hicieron y Ulises no cayó en la tentación. Aunque ganas precisamente no le faltaron…

La mujer en los mascarones de proa

Si la mujer tiene poderes especiales sobre el mar, es lógico que el mascarón de proa de una nave lo refleje a través de la imagen de una mujer vestida o a ser posible semivestida según la creencia de que una mujer desnuda puede apaciguar tormentas. Sin embargo, los mascarones femeninos no se popularizaron hasta el siglo XVIII. Antes de esa fecha, la mayoría de los mascarones de proa representaban figuras masculinas, animales, aves y monstruos.

Un estudio de las figuras de mujer talladas en los barcos demuestra la inclinación por cuatro tipo de imágenes femeninas por parte de los armadores que las encargaban. La primera era la figura de una diosa o guerrera armada y con casco, normalmente Atenea o Minerva.

La segunda era una ninfa o una nereida: éstas se colocaban como apoyo de otros mascarones y sólo se empleaban como temas centrales cuando el barco tenía el nombre de una ninfa marina en particular, como Aretusa o Galatea.

La tercera figura femenina era la sirena clásica, que en los barcos solía aparecer tallada como una mujer con alas y doble cola de pez. Y la cuarta figura era la sirena con torso de mujer y cola de pez.

Mi amante el hombre-pez

Sí, sí, sí. Existe. El hombre-pez, el sireno, existe. Queda confirmado y si no me creéis escuchad lo que me sucedió ayer.

A mi marido le gusta hacerme el amor con guantes. Antes de tocarme vigila escrupulosamente mi baño y exige que me frote con piedra pómez de pies a cabeza, me depile hasta el último vello y me enjabone cuanto pliegue y orificio hay en mi esbelto cuerpo, todo ello sin una palabra de afecto o de aprecio por mis encantos.

Pues bien, en mi jardín hay un estanque donde vive un hombre-pez. A pesar de sus cuarenta años de existencia, el hombre-pez no tiene ninguna de las mañas de mi meticuloso marido. Por el contrario, es fuerte como un atleta y lleno de consideración, como deben ser los buenos amantes. No es raro, por lo mismo, que yo prefiera su compañía, y suelo sentarme a la orilla del agua, llamarlo por su nombre, y él sube a la superficie a jugar conmigo.

Ayer por la noche, después de recibir las higiénicas caricias de mi marido, salí al jardín y me eché a la orilla del estanque a llorar. Atraído por mis sollozos, el hombre-pez subió del fondo y, acercándose a mi mano lánguida que tocaba apenas el agua, me besó uno a uno los dedos con sus fuertes labios. Dejé caer un pie en el agua y el pez besó también cada dedo con la misma dedicación, y luego la otra mano y luego el otro pie, y enseguida puse las piernas en el estanque y el hombre-pez frotó las escamas de plata de su vientre contra mi piel. Comprendí la invitación y me dejé caer en el barro del estanque, mientras el atrevido sireno rondaba en torno a mí, acariciándome y besándome y obligándome a entregarme a sus caricias. El hombre-pez soplaba chorros de agua por las partes más sensibles de mi cuerpo y así, poco a poco, me condujo por las rutas del placer más sublime, un placer que jamás he tenido en brazos de hombre alguno y menos aún, por supuesto, de mi marido enguantado.

Más tarde ambos reposamos flotando contentos en el barro del estanque bajo el escrutinio de las estrellas. Y, créedme, porque si non e vero…

(Inspirado y adaptado del Pez frío de Lady Onogoro).