Mi amante el hombre-pez

Sí, sí, sí. Existe. El hombre-pez, el sireno, existe. Queda confirmado y si no me creéis escuchad lo que me sucedió ayer.

A mi marido le gusta hacerme el amor con guantes. Antes de tocarme vigila escrupulosamente mi baño y exige que me frote con piedra pómez de pies a cabeza, me depile hasta el último vello y me enjabone cuanto pliegue y orificio hay en mi esbelto cuerpo, todo ello sin una palabra de afecto o de aprecio por mis encantos.

Pues bien, en mi jardín hay un estanque donde vive un hombre-pez. A pesar de sus cuarenta años de existencia, el hombre-pez no tiene ninguna de las mañas de mi meticuloso marido. Por el contrario, es fuerte como un atleta y lleno de consideración, como deben ser los buenos amantes. No es raro, por lo mismo, que yo prefiera su compañía, y suelo sentarme a la orilla del agua, llamarlo por su nombre, y él sube a la superficie a jugar conmigo.

Ayer por la noche, después de recibir las higiénicas caricias de mi marido, salí al jardín y me eché a la orilla del estanque a llorar. Atraído por mis sollozos, el hombre-pez subió del fondo y, acercándose a mi mano lánguida que tocaba apenas el agua, me besó uno a uno los dedos con sus fuertes labios. Dejé caer un pie en el agua y el pez besó también cada dedo con la misma dedicación, y luego la otra mano y luego el otro pie, y enseguida puse las piernas en el estanque y el hombre-pez frotó las escamas de plata de su vientre contra mi piel. Comprendí la invitación y me dejé caer en el barro del estanque, mientras el atrevido sireno rondaba en torno a mí, acariciándome y besándome y obligándome a entregarme a sus caricias. El hombre-pez soplaba chorros de agua por las partes más sensibles de mi cuerpo y así, poco a poco, me condujo por las rutas del placer más sublime, un placer que jamás he tenido en brazos de hombre alguno y menos aún, por supuesto, de mi marido enguantado.

Más tarde ambos reposamos flotando contentos en el barro del estanque bajo el escrutinio de las estrellas. Y, créedme, porque si non e vero…

(Inspirado y adaptado del Pez frío de Lady Onogoro).

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Cuentos de navegantes: la chusma y la damisela

La víspera, por la noche, había llegado la orden de hacer la borrasca, es decir la gran limpieza de la galera. Corría el rumor de que un personaje de calidad, que se dirigía a Flandes, había mostrado ante los oficiales deseo de visitar una galera.

A las ocho, el capitán Marigot de Moro se presentó en la galera, hizo aparecer a los cómitres y anunció que el gobernador en persona guiaría a los extranjeros distinguidos, entre quienes se encontraba una dama en honor a la cual habría la chusma de dar el saludo real.

A las diez, una vez afeitadas las cabezas y barbas de todos los forzados, y habiendo endosado a cada cual la casaca roja y el gorro reglamentario del mismo color, se vio despegar una barca del malecón, frente al arenal. Al atracar la barca, echaron una escala y tres señores magníficos, de altivas pelucas, ayudaron a la más bella criatura que pueda imaginarse a posar sus pequeños pies sobre la galera. El capitán Marigot de Moro, doblado ante la preciosa muchacha, sonreía barriendo la crujía con la pluma de su sombrero. Y mientras los oboes ejecutaban las composiciones más dulces por entonces en boga, la chusma aulló por dos veces consecutivas su grito de bienvenida, ronco y melancólico.

Con sus pesadas faldas ligeramente arremangadas para saltar sobre los cabos de maniobra, la dama desconocida mostraba con gritos de niña su interés por cada detalle de aquel infierno flotante ornado con doradas esculturas a la gloria de las divinidades marinas. Tras recorrer la galera en toda su eslora, la dama y los señores fueron a sentarse en unos sillones dispuestos en la cámara de popa. Y mientras los músicos proseguían su concierto, los cómitres silbaron el mónimo o los monos. Al primer silbido, los forzados se tumbaron: no se los veía ya. Al segundo, mostraron cada uno de ellos un dedo, y al tercero la cabeza. A un cuarto silbido se levantaron muy derechos y la damisela no pudo reprimir un ligero grito que pronto se transformó en risa, pues al quinto silbido los forzados abrieron todos su boca. La volvieron a cerrar enseguida y todas las mandíbulas chocaron a un mismo tiempo. Un prolongado silbido sonó al fin y la chusma recayó en su indiferencia.

La dama embarcó para regresar a tierra. Todos seguían con los ojos el juego de los remos sobre el mar, sintiendo en su interior la tristeza o el odio provocados por aquella aparición. Entonces fue cuando ocurrió el accidente: la barca volcó. Nadie sabía nadar en aquella barca. Entretanto, dos o tres forzados  se levantaron. Uno de ellos, con permiso del capitán, se arrojó al agua y rápidamente comenzó a nadar hacia la embarcación volcada. El hombre del gorro rojo se sumergió y tuvo la suerte de pescar a la bella desvanecida; le hizo sacar la cabeza fuera del agua y mientras la sostenía en la superficie con los dientes, mordiendo los encajes esponjosos y amargos del corpiño, le cortó con una mano la gran vena del cuello. Para su satisfacción personal y para atender los más íntimos deseos de la chusma. Inmediatamente, una fugaz mancha roja reveló su acto y el forzado se dejó hundir aferrado al cuello de su víctima.

Por espacio de dos horas la galera pasó y tornó a pasar sobre la tumba de la bella visitante, mientras el capitán buscaba la clave del misterio que todos los hombres de la chusma habían desentrañado ya…

(Extracto de La Chusma de Pierre Mac Orlan, en A bordo de la Estrella Matutina y otros relatos).

La ruta marítima jacobea y la leyenda del Cabaleiro das Cunchas

(Dedicado a Cristina y Jaime para que puedan unir mar y peregrinación).

El próximo mes de julio se inicia una nueva ruta jacobea por mar que parte de Aveiro – conocida como la Venecia portuguesa – hasta Santiago de Compostela. Navegando por la costa lusa, los barcos hacen escala en las localidades de Matosinhos y Viana. Ya en Galicia, la singladura discurre hasta los puertos de Baiona, Bouzas, Combarro y Vilagarcía, desde donde se completa el trayecto en tren hasta Santiago de Compostela. El periplo por mar tiene una duración prevista de una semana, del 13 al 21, hasta alcanzar la capital jacobea.

El objetivo de la ruta marítima no es otro que crear una singladura náutica de recreo estable entre puertos portugueses y gallegos, reproduciendo el que supuestamente fue el último tramo del traslado del cuerpo del apóstol Santiago.

La propuesta de crear una nueva ruta marítima compostelana se basa en la leyenda del Cabaleiro das Cunchas (el caballero de las conchas), que cuenta un hecho supuestamente milagroso acontecido cuando traían a Galicia el cuerpo del apóstol.

La leyenda del Cabaleiro das Cunchas nos hace soñar con la posibilidad de que Bouzas haya sido el primer puerto gallego y español en tener contacto con los restos del apóstol Santiago antes de llegar a su destino definitivo en Compostela, pero no sólo eso, también nos ofrece una explicación del origen de la concha de vieira como símbolo jacobeo.

Según la leyenda, a un lugar llamado Bouzas vinieron dos jóvenes de muy importantes y señaladas familias a celebrar su boda. La familia del novio procedía de Gaia en Portugal y la de la novia de Amaia en Galicia. Esta pequeña y hermosa villa marinera, situada en mitad de la Ría de Vigo, fue elegida para celebrar la boda al encontrarse a medio camino entre Gaia y Amaia, lo cual facilitaba el viaje a gran parte de los invitados.

Uno de los entretenimientos de la boda consistía en “abofardar”, un juego en el que los caballeros lanzaban al aire sus bofardas o lanzas teniendo que recogerlas al galope antes de que cayesen al suelo. Cuando llegó el turno del novio, éste lanzó su bofarda y, mientras esperaba la caída de la lanza, observó como el viento la desviaba hacia la ría. El caballero azuzó su caballo para no perder la lanza en el mar y lo que consiguió finalmente fue hundirse en el agua con su caballo y desaparecer. A medida que el tiempo transcurría y la desesperación de todos aumentaba, vieron acercarse un barco que se dirigía hacia el punto donde había desaparecido el novio y su caballo. Al paso del barco, el caballero emergió milagrosamente de las aguas con sus ropas y caballo cubiertos de conchas de vieira. Los tripulantes de la nave alzaron sus ojos al cielo exclamando: “Verdaderamente quiere Jesucristo manifestar ante ti su poder para bien y honra del vasallo que llevamos en esta nave a dar cristiano enterramiento. Quien a Santiago desee servir deberá visitarlo allá donde fuese enterrado llevando conchas como esas de las que tú estás cubierto”.

Pahi Vahines, las mujeres de piragua de Bora Bora

Érase una vez hace mucho tiempo, las Pahi Vahines de la Polinesia. Estas mujeres de piragua acompañaban a los navegantes polinesios en sus largas singladuras a través de los distintos círculos de sus mares…

“Las Pahi Vahines, a las que se seleccionaba entre viudas sin hijos pequeños, tenían por misión atender a los tripulantes en todas sus necesidades, ya fuesen éstas preparar la comida, mantener limpia la nave, hacer las veces de enfermeras, darles conversación cuando los vieran deprimidos, e incluso satisfacer sus ansias sexuales durante los calurosos días y las frías noches de navegación.

La selección resultaba a causa de esta última razón muy delicada, puesto que había que tener en cuenta infinidad de factores. En primer lugar se les exigía que fueran agradables y físicamente apetecibles, pero no excepcionalmente bellas con el fin de evitar dentro de lo posible las suspicacias de las novias y esposas que se veían obligadas a quedarse en tierra, y en segundo lugar, ninguna de ellas debía destacar sobre las otras por su belleza o sexualidad, pues de lo contrario se corría el riesgo de que los hombres le demostrasen de continuo sus preferencias, agobiándola de “trabajo” y provocando roces y enfrentamientos con sus compañeras.

Era condición indispensable, además, que fueran limpias, simpáticas, buenas cocineras y liberadas hasta el extremo de que estuviesen dispuestas a hacer el amor con cualquier hombre que se lo pidiese sin demostrar nunca rechazo ni permitir que se adivinaran sus preferencias por ningún otro. Por último, sumaba puntos a su favor el hecho de que supieran cantar, bailar, tocar algún instrumento o contar hermosas historias que ayudaran a hacer más ameno el largo viaje”. (Bora Bora, Vázquez-Figueroa).

Demos gracias las tripusoles por la disminución de requisitos y condiciones…

La viuda Ching y su negocio de productos trasbordados

Si cualquier hereje, desclasado, esclavo insurrecto o agitador tenía cabida en la empresa corsaria, las mujeres no iban a ser menos. Estas mujeres piratas – muchas de ellas viudas – se comportaban como auténticos hombres. Es más: superaban a los hombres en valor, destreza y crueldad.

Cierto día la señora Ching Shih, o Cheng I Sao (1775-1844) se convirtió en la esposa del señor Ching, que desde 1797 dirigía el consorcio de los piratas del mar de China. Sus barcos distribuían generosamente el terror a lo largo y ancho de todos los ríos y mares habidos y por haber, hasta que el emperador, más que harto de tanta degollina y expolio, nombró a Ching maestre de los establos imperiales.

En este punto, el relato de la crónica es contradictorio: según una primera versión, Ching desairó los honores imperiales y continuó sus escabechinas hasta que lo mataron en alguna escaramuza. Otros cuentan que Ching aceptó el puesto y sus colegas del consorcio, desolados, le obsequiaron con un plato de arroz y orugas envenenadas. Sea como fuere, el caso es que Ching murió, y, con toda probabilidad, no de muerte natural.

Su viuda, lejos de sentirse desconsolada, se hizo cargo del negocio familiar, y llevó el mando y las cuentas con mano y voluntad de hierro. La señora Ching se convirtió en la reina absoluta de seis enormes escuadras, con 500 barcos de 15 a 200 toneladas cada uno, dotados de 25 cañones en ambas bandas. El reglamento de la señora Ching era de todo menos blandengue. La viuda, cuando se ponía a pensar en castigar una falta, lo primero que se le ocurría – por insignificante que fuera dicha infracción – era penarla con la muerte, así que con faltas graves ya no se le ocurría otra penitencia mejor o más ejemplarizante. La viuda Ching era tan sumaria como Napoleón, y de una eficacia parecida, según puede deducirse. Pronto prohibió hablar de botín y se refirió al fruto de sus rapacerías como “productos trasbordados”, expresión de una absoluta modernidad…

En el año 1808, una flota imperial, impresionante incluso para la señora Ching, la atacó sin piedad hasta que los cadáveres flotaron en el mar en tal número que bien podrían haberse confundido con la espuma de las olas. Pero la viuda, con sus ardides, sus profecías, su gong y sus tambores, además de su encantadora ferocidad, venció en la contienda.

El negocio de la viuda Ching continúa siendo de lo más floreciente durante un largo año más, justo hasta que el emperador le envía a un nuevo almirante que la somete a una tenaz y porfiada cruzada que la deja exhausta y la humilla con la derrota. A pesar de todo, la señora Ching consigue rearmarse y continúa con sus fechorías, gobernando escuadras cada vez más fortalecidas, devastando aldeas y sembrando el terror allá donde pisa o navega.

Los anales – como siempre – dan dos versiones bien distintas del fin de la viuda Ching. Para unos, llegó a un acuerdo con el Gobierno y terminó dirigiendo una empresa de contrabando de opio. De nuevo jefa emprendedora donde las hubiese, y antes muerta que modesta, se hizo llamar “Esplendor de la Verdadera Instrucción”. La otra versión cuenta que se retiró de los negocios del mundo y se casó con un gobernador. De ser así, no se sabe a ciencia cierta si volvió a enviudar o si, por el contrario, dejó viudo a ese santo varón que tuvo los arrestos suficientes para volver a desposarla…

(Extracto del artículo “La pirata del mar de China” de Ángela Vallvey, 24/07/05).