Viejas cartas de amor desde el mar: de Folkestone a Getxo

Folkestone, 29 de julio 85

La misma impresión de siempre en Inglaterra, tan bonita. Paseo por la costa, con acantilados que sujetan jardines cortados con esmero, cruzados por estrechos caminos de gravilla rojiza, haciendo dibujos. Compro papel de carta, y me refugio de la lluvia, de las nubes que lo cubren todo.

Francia -que tan poco te gusta- está ahí, al otro lado de donde alcanza la vista. Me parecen enormes las distancias. La gente me parece enorme también. Inglaterra pequeña. Me gusta tanto cogerte una mano y apretártela.

La numerosa colonia extranjera me recuerda a una bandada de gaviotas, indefinidas. Levantan el vuelo y se vuelven a posar sobre un mar en constante movimiento. Sé que Folkestone va a ser muy distinto a lo que hubiera sido de no haberte conocido. Hablo con la gente de otra manera, inimaginable sin ti. Como si les estuviera diciendo con superioridad: al otro lado de ese mar revuelto, algunas millas hacia el sur, está Mo. Y me encanta pensar que en algún lugar por ahí, tu existes ahora mismo, tus piernas, tu nariz pequeña, respiras. Y que esa respiración, tan lejana, me importe tanto.

De mi ventana, sobre el jardín, se ve el mar. Mo, de nuestra ventana, de la ventana que tengamos, se verá el mar también. ¡Haremos que se vea! Es maravilloso haberte conocido a ti. Te quiero.

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De tal palo tal astilla… navegando desde 1898

Hojeando este verano un viejo álbum de fotos familiares descubro algunas que no había visto nunca antes y que quizás den una respuesta a una pregunta que suelen hacerme a menudo: ¿de dónde te viene tu afición a navegar?

Año 1930, mi abuela Maite se dirige en un bote de remos hacia el Real Sporting Club para embarcarse en su balandro.

¡Todo chicas, hasta las que van a los remos!

En 1898, un grupo de 125 aficionados al remo y a la vela fundaron el Real Sporting Club, entre ellos mi bisabuelo -socio nº9- con el objetivo fundacional de “estimular y fomentar toda clase de ejercicios físicos y en especial los marítimos”. Según cuentan, en sus inicios los socios no podían pedir “siquiera ponché” porque no lo daban, lo que indica el aspecto puramente deportivo del RSC.

La sede se estableció en una “casa bote”, una gabarra de 25 m de eslora y 10 m de manga, que en verano se fondeaba en el Abra cerca de Portugalete y en invierno se varaba en Axpe. De hecho, el acto con el que se inauguraba la temporada veraniega era la propia bajada de la gabarra desde Axpe hasta Portugalete.

Mi abuela Maite en el Colie y su hermano Carlos en el Nayarit (1930, Abra de Bilbao)

No sé si estas fotos responderán a la pregunta, pero lo que sí es cierto es lo bonito que ha sido reencontrarme con mi abuela veinteañera navegando por las mismas aguas por las que hoy navego yo.