Pero… ¡si es el Joshua de Moitessier!

El mes de octubre pasado, coincidiendo con la celebración de mi cumpleaños, me encontraba paseando por los pantalanes de La Rochelle. “Mira, una réplica del Joshua“, comenté. En ese mismo momento, dos simpáticos franceses que estaban en el barco me dijeron: “No es una réplica. Es el Joshua. ¿Quieres subir?“.

Os aseguro que impresiona. El espíritu de Moitessier sigue a bordo, entre sus fotos, sobre la mesa de cartas, en el pañol de las velas…

Diseñado en 1961, con un casco de acero y dos palos de madera confeccionados con postes telegráficos – la economía obliga – el Joshua es un barco rústico y robusto con aspecto de “devorador de millas”. Comienza su carrera como escuela de vela – cuestión de rellenar la caja de a bordo – y con un largo crucero por la Polinesia.

Agosto de 1968, el Joshua navega hacia Inglaterra para una regata única. El reglamento es simple: un hombre, un barco y una vuelta al mundo sin escalas y sin asistencia, y 5.000 libras esterlinas de premio para el ganador. Los meses se suceden y el Joshua, que es más rápido que los restantes barcos, está a punto de ganar, tan sólo le queda remontar el Atlántico. Contra todos los pronósticos y con un gesto que quedará grabado en la memoria de la navegación mundial, Moitessier lanza con un tirachinas (no llevaba radio a bordo) un mensaje sobre un mercante: “Continúo sin escalas hacia las islas del Pacífico, porque soy feliz en el mar y quizás también para salvar mi alma”.

Los años siguientes el Joshua vagabundea entre las islas y los cocoteros, mientras varias generaciones de marinos crecen con el sueño de construirse un barco, abandonarlo todo y seguir sus pasos.

Un día de diciembre de 1982, cerca de la costa mejicana, el Joshua naufraga a causa de un violento ciclón. El gran ketch rojo parecía condenado a desaparecer hasta que se descubre que, reparado y con otros dueños, había estado navegando en la costa oeste de los Estados Unidos. En 1990 es cedido al Museo Marítimo de La Rochelle y desde 1993 es monumento histórico.

En la actualidad es posible navegar en el Joshua gracias a los Amigos del Museo Marítimo de La Rochelle. Más información en:

http://www.aammlr.com/joshua/inscription.htm

Horta, puerto de leyenda

Hubo un tiempo en el que en los mapas se hablaba de la isla azoreña de Faial como la Isla de la Ventura porque llegar a ella constituía una auténtica aventura. Actualmente es una escala obligatoria para muchos de los veleros que cruzan el Atlántico. Su puerto, Horta, fue durante muchos años un lugar de aprovisionamiento de las compañías balleneras de Nueva Inglaterra. Cuando los marineros ponían pie a tierra estampaban su firma en un muro situado junto a los amarres dando gracias a Dios. Quien no lo hacía tenía los días contados. Una superstición a la que siguen temiendo las tripulaciones de hoy en día: no hay un palmo de pared libre ni un trozo de suelo sin su correspondiente pintura multicolor.

Otra de las citas obligadas es el legendario Café de Peter. A cualquier hora del día el bar está lleno de gente, casi todos extranjeros, que piden su gin tonic de turno y se mueren por escuchar la leyenda que rodea este viejo café.  La primera pregunta obligada es ¿quién es Peter? Peter era un tal José, rebautizado así por un marino inglés que recaló en Horta durante la Segunda Guerra Mundial. José le trataba tan bien que el marino le pidió permiso para llamarle con el nombre de su hijo a quien echaba mucho de menos. Durante años Peter se encargó de enviar las cartas que los navegantes escribían a sus familias porque en Horta no había central de correos. Hoy en día, el Café de Peter cuenta además con su particular museo de scrimshaw, grabados de escenas de la vida azoreña en huesos y dientes de cachalote.

O mucho me equivoco o algún día me beberé un gin tonic en el Café de Peter y estamparé mi firma en la marina de Horta 🙂