Cumpleaños en soledad

Acabo de celebrar mi cumpleaños; admitiendo que celebrar sea la palabra adecuada y perro animal de compañía y fiesta. La celebración ha sido en soledad y las felicitaciones escasas: las de familiares, las de amistades de agenda (bip, bip, hoy es el cumpleaños de Menganita) y las de mis compañeros de regatas. En los años anteriores, en los que navegaba más asiduamente por los mares de blogs, twits, tubes, nets, webs, faces y spaces, me llovían las llamadas y los mensajes. Hoy no los he echado de menos.

Hace tres años celebré mi aniversario entre amigos, con mi primera –siempre tenemos que pasar por una- fiesta sorpresa. Hace dos años, enamorada, paseando por los viñedos de St. Emilion. El año pasado en familia y este año sola. En la vida todo es cíclico, todo fluye, y no sabría decir cuál de estas formas de celebrar mi cumpleaños me ha gustado más. Todas aciertan en una fibra del alma.

Me gusta la soledad y, como decía Disraeli, mi modo de ser exige o perfecta soledad o perfecta compañía.

Desafortunadamente no tengo sala anexa a la biblioteca, tampoco tengo biblioteca, ni con vigas ni sin vigas, pero si la tuviera escribiría en una de ellas, emulando a Montaigne:

En el año de Cristo de 2012, a la edad de cuarenta y ocho años, en el aniversario de mi cumpleaños, cansada de las servidumbres de la sociedad, me retiro al seno de las musas, donde tranquila y libre de toda preocupación pasaré lo que me queda de vida, ahora ya consumida en más de la mitad. Si el destino me lo permite, me consagraré a mi libertad, mi tranquilidad y mi placer.

¿Qué tiene que ver esta entrada en un blog denominado mujeres navegantes? ¿Quizás que soy mujer, que navego y cumplo años? ¿O quizás, sencillamente, que el retiro a la libertad, la tranquilidad y el placer es el regalo soñado de muchos de nosotros, los navegantes?

Las rémoras

Rémora:

Pez marino de unos 40 cm de largo y unos 9 de ancho, de color ceniciento, que posee un disco oval de láminas cartilaginosas movibles encima de la cabeza con el cual hace el vacío para adherirse fuertemente a los objetos flotantes: tortugas, tiburones, ballenas, peces grandes, barcos y ¿por qué no? a nosotros mismos también.

Los griegos atribuían a las rémoras el poder de detener las naves. Así, estos pequeños peces fueron los culpables de la derrota de Marco Antonio en la batalla naval de Actium…

De estos poderes “frenadores” proviene el sentido figurado que nuestro idioma concede a la rémora como algo que nos pesa, algo que arrastramos, algo que nos detiene y nos impide avanzar con ligereza.

En términos biológicos las rémoras no perjudican ni benefician a su anfitrión ya que se alimentan de sus desperdicios y no lo parasitan. La rémora se beneficia usándolo como protector y transporte. El anfitrión, en principio, no gana nada de la relación pero tampoco pierde. No obstante, al no aportar nada, puede acabar convirtiéndose en una carga que limite su avance.

Fijémonos si llevamos rémoras adheridas al casco de nuestro barco o a nuestra propia vida.

In facile a virtute desciscentes (fácilmente desviado del rumbo correcto)

Emblemata de Pádua

The Heart Reef, el corazón de coral

Guardaba desde hace meses un corazón de coral esperando la llegada del día de San Valentín. Cuando, finalmente, el pasado 14 de febrero me disponía a escribir una nota sobre esta curiosa formación coralina, recibí la siguiente noticia: “Este año San Valentín no existe, queda demostrado aritméticamente”.

Foto de Charcodelocos

Tonerre de Brest!  ¿Y el amor? ¿También quedará cancelado este año? ¿Se hundirá la isla de coral? Me ha costado varios días -hoy es día 22- encontrar la prueba matemática de la existencia del amor (copia y pega la fórmula en el buscador de Google, el resultado te sorprenderá):

sqrt(cos(x))*cos(300x)+sqrt(abs(x))-0.7)*(4-x*x)^0.01, sqrt(6-x^2), -sqrt(6-x^2) from -4.5 to 4.5

Y sorprendida igualmente, y reconfortada, regreso a mi texto sobre esta bonita isla con forma de corazón que se encuentra en la Gran Barrera de Coral australiana…

Uno de los objetivos del primer viaje de James Cook en el Endeavour era buscar señales de la existencia de un continente más austral en el Pacífico Sur, la Terra Australis. Mientras se encontraba cartografiando la costa australiana, el Endeavour encalló, el 11 de junio de 1770, en la Gran Barrera de Coral, que no había sido descubierta hasta la fecha. Durante las casi 7 semanas que duraron las reparaciones del barco, los botánicos que acompañaban a Cook tuvieron tiempo suficiente para realizar la primera gran colección de flora australiana.

Igual puede sucedernos en el amor, en el que un acontecimiento inesperado -no necesariamente contra una barrera de coral- nos regala un tiempo de agradables descubrimientos, que no se plasman en un libro inédito de botánica sino en algo de mucho más valor.

Heart Reef

La isla coralina con forma de corazón, conocida como Heart Reef, fue descubierta 2 siglos más tarde, en 1975, por un aviador que sobrevolaba la barrera de coral y actualmente se ha convertido en un icono natural del amor.


Navigare necesse est, vivere non necesse

Navigare necesse est, vivere non necesse. Navegar es necesario, vivir no lo es.

Esta es la célebre frase con la que, según relata Plutarco, Pompeyo arengó a sus marineros cuando éstos se negaban a embarcar ante el amenazador estado de la mar para recordarles que el deber está por encima de cualquier miedo o de cualquier circunstancia.

Fernando Pessoa la transforma en un bello poema, Navegar é preciso, que dice así en sus primeros versos:

Navegantes antiguos tenían una frase gloriosa:

“Navegar es preciso, vivir no es preciso”.

Quiero para mí el espíritu de esta frase, transformada.

La forma de casarla con lo que yo soy:

vivir no es necesario, lo que es necesario es crear.

Caetano Veloso compuso la canción Os Argonautas tras su paso por la cárcel en 1969 y su exilio. Veloso se basó en el poema de Pessoa, y con música de fado expresa su lamento por las personas que luchan, como Jasón y los Argonautas, para vencer los obstáculos de todos los mares.

Una vida sin “navegar” (e incluir aquí todo lo que es importante -vital- para nosotros) es como no vivir.

Navego para salvar mi alma

En 1968 Bernard Moitessier participaba en la famosa y bien remunerada Golden Globe Race, la primera regata en solitario alrededor del mundo, sin escalas y sin asistencia exterior. Moitessier iba bien situado. De haber continuado en la regata probablemente la habría ganado. Pero no lo hizo. En una época en la que no existían los teléfonos móviles ni el email, Moitessier lanzó un breve mensaje a un carguero:

Sigo, sin hacer escalas, hacia las islas del Pacífico, porque soy feliz en el mar y quizás para salvar mi alma.

Años después dijo estar arrepentido, pero no de haber rechazado la gloria y el premio en efectivo sino de esa incómoda palabra quizás.

Ósmosis en mi barco y en mi corazón

Noviembre de 2009. Salón Náutico de Barcelona. Sentada en el stand de Anavre, la asociación de navegantes de recreo, veo llegar a un hombre cargado con un montón de libros amarillos. Sólo ahora me doy cuenta de que los libros también son azules.

–Hola, me llamo Agustín. He escrito un libro sobre la ósmosis. ¿Sabéis que la ósmosis tiene cura?

Si yo casi ni sé lo que es la ósmosis, salvo que son ampollas que le salen al casco del barco y que pueden hundirlo. Pongo mi mejor cara de “claro que lo sé, pero seguro que te das cuenta de que se trata de un farol”, y Agustín, que tiene ese don del juglar dicharachero y mercader, me regala uno de sus libros que yo le pido me dedique.

Ahora, un año más tarde, Agustín llega al País Vasco para impartir un curso sobre la ósmosis. Saco su libro amarillo –y azul– de la estantería, y releo la dedicatoria: “Para Monika, para que nunca renuncie ni a navegar ni a amar”. Creo poder decir, quiero poder creer, que nunca renunciaré, pero en estos momentos he visto crecer unas pequeñas ampollas en mi barco y en mi corazón. ¿Será eso la ósmosis? Agustín, vienes en el momento justo.

La web de Agustín Ibáñez es   http://www.osmosisbarcos.com/

Los océanos y los paraísos de Thor Heyerdahl

Thor Heyerdahl. Científico, zoólogo, antropólogo, aventurero, humanista, navegante… y navegante en balsas de troncos, naves de papiro y embarcaciones de cañas.

Su primer viaje lo realizó en 1937, con su esposa Liv, a la Polinesia, en unos años en los que Tahití no figuraba precisamente como destino turístico en las guías de viaje. A su llegada, la pareja fue acogida por el jefe de la isla, Teriieroo, y ambos se dedicaron a estudiar la forma de vida y las costumbres polinesias. Al poco tiempo se instalaron en la solitaria y aislada isla de Fatu Hiva de las Marquesas.



Estudiando las corrientes marinas y los vientos dominantes de la zona, Thor Heyerdahl comenzó a dudar de que la teoría aceptada hasta la fecha fuese correcta. ¡Los primeros pobladores de la Polinesia no podían haber navegado 5.000 millas en contra de la corriente! En 1947 organizó la expedición de la Kon-Tiki, y en una balsa de madera de nueve troncos atados mediante cuerdas y una vela cuadrada, seis hombres partieron de Callao, en Perú, para recalar en la isla de Raroia 97 días más tarde.

Mediante ésta y posteriores expediciones a las islas Galápagos y a la isla de Pascua, así como con sus navegaciones desde África hacia América y desde Irak al Océano Índico, Thor Heyerdahl demostró que los antiguos pobladores contaban con los medios tecnológicos suficientes para poder navegar largas distancias a través de los océanos.

Cuando en una ocasión le preguntaron cuál era su mayor aportación a la ciencia, Heyerdahl –como científico, como navegante– contestó: “Demostrar que los océanos han unido, más que dividido, a la humanidad”.

Y como humanista que era, nos dejó también en su autobiografía, Tras los pasos de Adán, esta bella reflexión sobre su primer viaje con Liz a la Polinesia: “Dos jóvenes inmaduros subían al tren para embarcarse en Marsella en un enorme buque transoceánico, con billete hasta Tahití. Un billete hacia el paraíso, pensábamos nosotros. Pero la conclusión del viaje fue precisamente que no se puede comprar la entrada al paraíso. Los que conseguían encontrarlo, lo hallaban en su interior y hasta allí llegaban gratis. Todo lo que he visto y leído me ha enseñado que, en este planeta, el infierno y el paraíso no están en lugares distintos, sino siempre en el mismo. No se puede elegir uno u otro simplemente mudándose. Los dos aparecen como amigos inseparables por muy lejos que se viaje”.