Ulises y las mujeres (3/6): las sirenas

Las sirenas, ¡ay las sirenas! Por más que fuesen ninfas del agua, tenían alas y un hermoso rostro de doncellas, unos dicen que eran tres, otros cinco y algunos ocho. ¡Qué más da! Eran suficientes para perder a los hombres.

Su presencia era anunciada por un murmullo armonioso, su canto era mágico. Sus voces suaves llegaban al corazón de los marinos que para oírlas mejor adelantaban su cuerpo acercándose casi sin darse cuenta a la superficie del mar en el que acababan cayendo para no regresar jamás.

Pero estaba decretado que cuando un hombre pudiese pasar junto a ellas sin verse obligado a precipitarse hacia el mar, estas hijas de las aguas perecerían irremediablemente. Y fue Ulises quien provocó la llegada de ese día fatal, logrando que su barco y su tripulación dejaran atrás la isla sin mayores percances.

Siguiendo los consejos de su antigua amante Circe, la de las lindas trenzas, Ulises ordenó a sus hombres que lo ataran de pies y manos al mástil, y que se tapasen los oídos con cera para no oír los cantos de las bellas.

Cuando la embarcación navegaba a poca distancia de la isla, Ulises oyó sus palabras: “Célebre Odiseo, gloria insigne… acércate y detén la nave para que oigas nuestra voz… todos se van después, sabiendo más que antes… sabemos cuántas fatigas habéis padecido…”. ¡Qué engañadoras!

Ulises sintió en su corazón ganas de oírlas y movió las cejas mandando a los compañeros que lo desatasen” – recordemos que éstos no oían nada y que tenían órdenes de que si les rogaba o mandaba que le soltasen le ataran aún más fuertemente. Así lo hicieron y Ulises no cayó en la tentación. Aunque ganas precisamente no le faltaron…

Ulises y las mujeres (2/6): Circe

Después de sus aventuras en el país de los lotófagos y sus frutas deliciosas, ante el cíclope Polifemo y sus ovejas gigantescas, con Eolo y sus odres de vientos y frente a los antropófagos lestrigones, Ulises llegó a la isla de Eea en la única nave que le quedaba.

Pero, ¡ay de los imprudentes marinos que anclaban su barco al pie de la isla de Circe la hechicera!

Circe la hechicera

Aunque al principio temían atracar allí dadas sus pésimas aventuras recientes, Ulises envió a sus hombres a inspeccionar la isla. En ella descubrieron un lugar donde reinaba la paz y la armonía, y sólo les extrañó el gran número de animales salvajes que veían. Llegaron por fin a un palacio donde fueron recibidos por Circe, la diosa de las lindas trenzas, que les ofreció una bebida hechizada que apenas ingerida les convirtió en cerdos.

Ante la tardanza de sus compañeros, Ulises decidió ir a buscarlos. En el camino se encontró con Hermes que había venido a prevenirlo y que le dio un antídoto para que la bebida de Circe no surtiera efecto en él. Así sucedió y Ulises desenvainó su espada arremetiendo contra la hechicera. Circe al reconocerlo le dijo: “Eres sin duda aquel Odiseo de multiforme ingenio que siempre me auguró el Argifonte… ¡Ea! Envaina la espada y vámonos a la cama…”. Dicho y hecho.

Circe devolvió a los marinos su estado humano y todos se quedaron en la isla “comiendo carne en abundancia y bebiendo dulce vino”, aunque al final los hombres de Ulises comenzaron a aburrirse – de hecho quien más entretenido estaba era el propio Ulises con Circe – y le recordaron que debían ir pensando en el regreso.

Durante un año entero Ulises se olvidó de su amada Ítaca y de su queridísima Penélope y, si sus hombres no se lo recuerdan, todavía estaría en la isla de Eea con Circe.

Ulises y las mujeres (1/6)

Ulises

Tras la conquista de Troya, los dioses tenían otros designios para Ulises. Una serie de tormentas, con todos sus vientos desatados, hicieron que el naufragio fuese inevitable. Pocos de los héroes de Troya regresaron a sus tierras. Y para Ulises comenzaba un largo viaje que duraría diez años hasta llegar a Ítaca.

¿Diez años…?

Según Tim Severin, investigador y explorador británico que hace dos décadas siguió los pasos de Ulises, el tiempo total que el héroe de la Odisea pasó en el mar no suma más que unos escasos meses. El resto de su aventura transcurrió en tierra y durante ésta, el astuto Ulises, famoso por su prudencia, su valor y sus estratagemas, no llevó precisamente una vida casta.

Tempestades, lotófagos, cíclopes y gigantes antropófagos contribuyeron – lógicamente – a retrasar su vuelta a Ítaca. Pero también, y sobre todo, fueron las mujeres las que – curiosamente – alargaron su viaje. Bien lo saben la hechicera Circe y la ninfa Calipso, con quienes pasó uno y siete años respectivamente. Y sólo gracias a la intermediación de los dioses, Ulises supo resistirse a las tentaciones de las sirenas y no caer en los brazos de la virginal Nausica. En caso contrario, probablemente, la hermosa Penélope hubiera tenido que continuar tejiendo sus bordados algunos años más.

 

Ítaca