Un mareo de los grandes

Es evidente la relación que existe entre los navegantes y el mareo. La palabra mareo proviene del latín mare (mar) y la palabra náusea del griego naos (nave) y nautés (navegante).

Escritores de todos los tiempos, desde Homero y Cervantes pasando por Melville o Conrad, han concedido a sus personajes el dudoso honor de marearse con el fin de resaltar lo terrible de las condiciones del mar o la inexperiencia náutica del mareado. El filósofo Anarchasis, siglo VI a.C., nos ha legado la más rotunda de las sentencias: Las personas pueden dividirse en tres clases: los vivos, los muertos y los mareados. Frase que se ha transformado hoy en “vivos, muertos y marinos”, porque, sin lugar a dudas, no hay persona que navegue que no se haya mareado.

Según Miguel de Cervantes, los marineros son gente gentil, inurbana, que no saben otro lenguaje que el que se usa en los navíos, y su pasatiempo es ver mareados a los pasajeros. Probablemente, desde entonces, hemos llegado a ser aún mucho más gentiles porque ahora pasamos el tiempo dando consejos a los mareados, olvidando que no hay nada que moleste más -salvo el propio sufrimiento- que ver las caras comprensivas y escuchar los consejos dispares de quienes nos acompañan.

Es cierto que, poco a poco, la gente de mar acaba por acostumbrarse y la experiencia nos sirve para detectar y prevenir el mareo aplicando trucos que siempre son personales y muchas veces contradictorios. De hecho nos acostumbramos tanto a la mar que es frecuente sufrir el trastorno inverso, el llamado “mal de tierra“, en el que el mareo se produce al desembarcar y sentir cómo todo se mueve bajo nuestros pies.

Recordemos para terminar el mareo de (uno de) los grandes. Bernard Moitessier a bordo del Marie-Thérèse II en su travesía de Durban a Ciudad del Cabo:

Había cometido la negligencia de no hacer una buena comida antes de salir de Durban a causa del ajetreo del día. Bien, pues con el estómago bien lastrado (pero no demasiado) es como me gusta hacerme a la mar. Enfermo y pálido, pronto devolví el desayuno. Después, con el estómago vacío, seguí devolviendo intermitentemente.

A la caída de la tarde empecé a inquietarme; nunca hasta entonces había sufrido un mareo tan prolongado. Persistió todavía durante cerca de dos días, en el transcurso de los cuales ningún alimento consintió en permanecer donde lo había metido. Al final, la cosa casi llegó a divertirme, e incluso intentaba mantener la cuenta de mis espasmos abdominales. 21…, 22…, 23… ¡A ver si conseguía llegar hasta 30!