Sailing school, 1956. So British!

Anuncios

The Heart Reef, el corazón de coral

Guardaba desde hace meses un corazón de coral esperando la llegada del día de San Valentín. Cuando, finalmente, el pasado 14 de febrero me disponía a escribir una nota sobre esta curiosa formación coralina, recibí la siguiente noticia: “Este año San Valentín no existe, queda demostrado aritméticamente”.

Foto de Charcodelocos

Tonerre de Brest!  ¿Y el amor? ¿También quedará cancelado este año? ¿Se hundirá la isla de coral? Me ha costado varios días -hoy es día 22- encontrar la prueba matemática de la existencia del amor (copia y pega la fórmula en el buscador de Google, el resultado te sorprenderá):

sqrt(cos(x))*cos(300x)+sqrt(abs(x))-0.7)*(4-x*x)^0.01, sqrt(6-x^2), -sqrt(6-x^2) from -4.5 to 4.5

Y sorprendida igualmente, y reconfortada, regreso a mi texto sobre esta bonita isla con forma de corazón que se encuentra en la Gran Barrera de Coral australiana…

Uno de los objetivos del primer viaje de James Cook en el Endeavour era buscar señales de la existencia de un continente más austral en el Pacífico Sur, la Terra Australis. Mientras se encontraba cartografiando la costa australiana, el Endeavour encalló, el 11 de junio de 1770, en la Gran Barrera de Coral, que no había sido descubierta hasta la fecha. Durante las casi 7 semanas que duraron las reparaciones del barco, los botánicos que acompañaban a Cook tuvieron tiempo suficiente para realizar la primera gran colección de flora australiana.

Igual puede sucedernos en el amor, en el que un acontecimiento inesperado -no necesariamente contra una barrera de coral- nos regala un tiempo de agradables descubrimientos, que no se plasman en un libro inédito de botánica sino en algo de mucho más valor.

Heart Reef

La isla coralina con forma de corazón, conocida como Heart Reef, fue descubierta 2 siglos más tarde, en 1975, por un aviador que sobrevolaba la barrera de coral y actualmente se ha convertido en un icono natural del amor.


El Saltillo: de una campa en Inglaterra al Abra de Bilbao

Los que navegamos por el Abra vizcaína recordamos al Saltillo desarbolado y a la espera de reparaciones en la planchada de Erandio y ahora lo vemos de nuevo, flamante, en el puerto de Santurce. Pero lo que muchos de nosotros no sabemos son sus orígenes.

En 1933, Peru Galíndez y su mujer Mercedes decidieron comprar un barco. ¡Pero no se trataba de comprar cualquier cosa! Por aquellos años era relativamente fácil encontrar un barco de segunda mano en Inglaterra porque la recesión económica había puesto en venta casi todo.  Peru y Mercedes recorrieron todos los astilleros habidos y por haber hasta que alguien les habló de un personaje excéntrico que vivía en un barco en medio de una campa y que ese barco se encontraba en venta.

Rodeado de ortigas, con la cubierta lógicamente a considerable distancia del suelo y con único acceso a base de una escala de cuerdas, los Galíndez descubrieron el Leander justo lo que estaban buscando. Construido en 1932 en un astillero de Amsterdam, este ketch fue encargado por un inglés, Mr. Lawrie, que se presentó sin cita previa, vestido con una gabardina sucia, y pidió un barco de 72 pies sin inmutarse.

Se desconocen las medidas que tomó el astillero holandés para asegurarse el cobro del encargo porque al cabo de menos de un año el barco estaba de nuevo en venta, varado en una campa y con su excéntrico propietario instalado en el salón principal, en donde había colocado una estufa y una cocina. Mercedes tomó una rápida decisión y le dijo a su marido: “Peru, o éste o ninguno” y sin más lo compraron. De la campa, el barco pasó de nuevo a los astilleros para su puesta a punto y desde allí navegando hasta el Abra de Bilbao donde pasó a llamarse Saltillo, que era el nombre de la casa que los Galíndez tenían en Portugalete.

¿Y por qué a rayas?

Una primera precisión en cuanto al origen del jersey marinero, en realidad tendría que denominarse el “chándal marinero”, ya que fueron los mercaderes de ajo de la Bretaña francesa –navegantes que se dirigían a Inglaterra en el siglo XVIII para vender ajos y cebollas– quienes por primera vez lo utilizaron. Tejido con nudos muy apretados, era la ropa ideal para protegerse del frío y del viento. Por deformación lingüística, los marchands d’ail se convirtieron en chandail, chándal en castellano.

Ya tenemos los jerseys, ahora vamos a por las rayas. En 1858, una ordenanza de la Marina francesa estableció la obligatoriedad de las rayas en los uniformes de los marineros (para los oficiales se reservaba un tono único). Estos debían tejerse en algodón de color crudo teñido con índigo y contar para el cuerpo con 21 rayas blancas de 20mm y 20/21 azules de 10mm, y para las mangas con 15 blancas y 14/15 azules. ¡Con la ropa del marino no se bromea! Evidentemente es un asunto serio.

¿Y por qué a rayas? Por varias razones posiblemente. En primer lugar porque las rayas son símbolos de exclusión y de infamia, y por eso los marineros –los más bajos de la jerarquía– debían distinguirse con ellas. En segundo lugar porque las rayas son más visibles durante las maniobras peligrosas o en caso de caídas al mar. Y por último, por un motivo económico, el índigo costaba caro, así que se decidió intercalarlo con rayas blancas que fueran más anchas que las azules.

Espero que de ahora en adelante no nos pese llevar tanta historia encima cuando salgamos a navegar con nuestra panoplia de rayas…

Qué es un marino, explicado a los pequeños navegantes hace 175 años

No puedo evitar la tentación de compartir aquí este pequeño hallazgo publicado en Nueva York en el año 1835. Se trata de un libro breve, brevísimo, de tan sólo ocho páginas, que lleva por título El libro del mar: para la instrucción de los pequeños marinos. Rimbombante sí, pero al mismo tiempo tremendamente ingenuo visto desde nuestra perspectiva actual.

De las ocho páginas del manual, dos están dedicadas a explicarnos cómo son los marinos y el resto a la descripción de los diferentes tipos de barcos de la época.

Y dice así:

Los marinos pasan la mayor parte de su tiempo en el agua. Se acostumbran tanto a vivir en el agua que cuando están en tierra a veces no saben lo que hacer para pasar el tiempo. Y tras pocos días o semanas están muy contentos de encontrarse de nuevo a bordo de su barco y en el ancho mar azul.

Los marinos son buenos y valientes; y si tú eres amable con ellos, ellos harán todo lo que esté en sus manos para demostrarte que se dan cuenta y te corresponderán.

Son una clase de hombres muy necesarios, y que nos aportan mucho bien haciéndose a la mar y arriesgando sus vidas en las tormentas para traernos cosas buenas de países lejanos. Se entretienen unos a otros en los largos viajes contándose largas historias. Ellos lo llaman hilar historias inventadas.

Y así son los marinos, según se explica a los pequeños navegantes de hace 175 años.

Adiós 2010, ¡bienvenido 2011!

Nochevieja y Año Nuevo son fechas de nostalgias y de renovados propósitos y deseos. Dejamos atrás experiencias, sueños y personas, cuyos rastros se añaden a los éxitos y fracasos que llevamos a cuestas. ¡Tantos más cuantos más numerosos los años! Y, a veces, pensamos que, como Sísifo, estamos condenados a subir eternamente la misma pesada piedra; y, en otras ocasiones, nos crecen las alas del siempre renaciente Fénix.

Para estrenar el año con optimismo, esta vez me decanto por añadir una nueva tradición a las doce uvas y al brindis con champán con mis personas más queridas (nunca me ha convencido llevar braguitas rojas ni sumergir un anillo de oro en la copa). Me refiero a comer una sopa de “puntos” (es decir, de fideos chiquititos como bolitas o puntos), un válido sustituto light del plato de lentejas. Comer algo con muchas pequeñas unidades significaría obtener durante el año nuevo mucha cantidad de aquello que se desea.

Y para despedir el año 2010 con nostalgia y con una sonrisa, un sketch de Martes y Trece, uno más de los muchos que vimos en las nocheviejas de los 90. En éste, el comandante Cousteau nos explica algo muy útil para todos nosotros, los navegantes, que los procelosos fondos marinos no sólo están llenos de agua, sino que además hay vida en ella.