Françoise Moitessier y la gata Sophie: navegantes solitarios versus mascotas

Las relaciones entre los navegantes solitarios y los animales que comparten su vida a bordo -o que aparecen inesperadamente a bordo, como en la historia de amor odio entre Sir Francis Chichester y la paloma Pidge- no dejan de sorprenderme.

En este caso se trata de la navegante francesa Françoise Moitessier y la gata Sophie. Françoise nos lo relata con estas palabras en su libro 60.000 millas a vela:

“Una golondrina se posa en cubierta. Sophie la persigue. Una auténtica cacería. Agarro a la gata y la meto en el interior cerrando todos los portillos excepto uno pequeño a proa donde el animal no va nunca. Por la noche encuentro al pájaro muerto encima de la litera. Me inunda una oleada de rabia y odio. Tengo unas ganas locas de tirar a la gata por la borda junto con el pájaro que ha matado. En un momento se ha roto la armonía y la paz a bordo. Durante 48 horas apenas nos soportamos, es la guerra fría… Me da pena. No come. Yo tampoco. Enferma… Enfermo… Pide una mirada, una palabra de consuelo, una caricia. No puedo hacer nada por ella. Luego siento lástima, se acabó, vuelve la paz. ¿Cómo podemos odiarnos ante este mar tan hermoso?

Françoise termina reconociendo que la soledad le ha llevado a establecer una extraña intimidad con su mascota -intimidad impensable en tierra- en la que encontraba natural dialogar con el animal y del que esperaba sentimientos y reacciones más propios de un ser humano que de un gato.

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La historia de Pidge y Chichester, cruzando el Atlántico en el Gispy Moth

Esta es la triste historia de Pidge y Chichester. O de cómo una deliciosa amistad se agría en un barco.

3 de junio. Pidge era intensamente curiosa. Me seguía por todo el barco, observando de cerca todo lo que hacía. Pronto descubrí que sus hábitos personales eran un tanto molestos: estaba más cerca de descubrir el secreto del movimiento perpetuo de lo que ningún científico lo haya estado nunca. No pasó mucho tiempo antes de que decidiera que Pidge tenía rasgos de lo más estúpidos en su carácter.

4 de junio. El barco cabeceaba y se balanceaba mucho, lo que me hacía sentir algo mareado, y no era el único; Pidge tenía un aspecto horrible.

11 de junio. Por la mañana, por alguna razón, me reí de Pidge. Para mi sorpresa, se dio cuenta de ello y le disgustó profundamente. Empezó a pasearse pisando fuerte arriba y abajo y lanzándome miradas envenenadas.

13 de junio. Una navegación estupenda, pero no para Pidge; vi la mirada de disgusto en su rostro cuando le alcanzó una ola. Cuando subí a cubierta me encontré con que la corredera se había parado. Indirectamente, Pidge era responsable.

15 de junio. ¡Pidge! ¡Pidge! ¡Pidge! Era ella quien regía mi existencia. No podía soportar su mirada de desamparo. Estaba empezando a desarrollar un sentimiento de amor-odio. Cuanto más me irritaba, más desgraciado me sentía por su cada vez más débil salud y más responsable de su bienestar.

21 de junio. Pidge se ha caído al mar. Era descorazonador ver su pánico mientras la popa se alejaba rápidamente. Sabía por experiencia que nunca volvería a verla si la perdía de vista. Tenía que orzar hasta ella de manera que quedara a menos de medio metro del costado del barco… no conseguí agarrarla. Volví a dar la vuelta. En una ocasión resbalé pero no tenía tiempo de enganchar mi arnés. Creo que di 14 vueltas y pasadas a por Pidge.

Me sentí hecho polvo mientras sujetaba su cuerpo empapado. Si solo hubiera podido confiar en mí, habría comprendido que estaba intentando ayudarle, no hacerle daño, y estaría todavía con vida.

Le hice un entierro marino en mi mejor lata de galletas.

Pidge era una paloma.