Viejas cartas de amor desde el mar: de Folkestone a Getxo

Folkestone, 29 de julio 85

La misma impresión de siempre en Inglaterra, tan bonita. Paseo por la costa, con acantilados que sujetan jardines cortados con esmero, cruzados por estrechos caminos de gravilla rojiza, haciendo dibujos. Compro papel de carta, y me refugio de la lluvia, de las nubes que lo cubren todo.

Francia -que tan poco te gusta- está ahí, al otro lado de donde alcanza la vista. Me parecen enormes las distancias. La gente me parece enorme también. Inglaterra pequeña. Me gusta tanto cogerte una mano y apretártela.

La numerosa colonia extranjera me recuerda a una bandada de gaviotas, indefinidas. Levantan el vuelo y se vuelven a posar sobre un mar en constante movimiento. Sé que Folkestone va a ser muy distinto a lo que hubiera sido de no haberte conocido. Hablo con la gente de otra manera, inimaginable sin ti. Como si les estuviera diciendo con superioridad: al otro lado de ese mar revuelto, algunas millas hacia el sur, está Mo. Y me encanta pensar que en algún lugar por ahí, tu existes ahora mismo, tus piernas, tu nariz pequeña, respiras. Y que esa respiración, tan lejana, me importe tanto.

De mi ventana, sobre el jardín, se ve el mar. Mo, de nuestra ventana, de la ventana que tengamos, se verá el mar también. ¡Haremos que se vea! Es maravilloso haberte conocido a ti. Te quiero.

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