La historia de Pidge y Chichester, cruzando el Atlántico en el Gispy Moth

Esta es la triste historia de Pidge y Chichester. O de cómo una deliciosa amistad se agría en un barco.

3 de junio. Pidge era intensamente curiosa. Me seguía por todo el barco, observando de cerca todo lo que hacía. Pronto descubrí que sus hábitos personales eran un tanto molestos: estaba más cerca de descubrir el secreto del movimiento perpetuo de lo que ningún científico lo haya estado nunca. No pasó mucho tiempo antes de que decidiera que Pidge tenía rasgos de lo más estúpidos en su carácter.

4 de junio. El barco cabeceaba y se balanceaba mucho, lo que me hacía sentir algo mareado, y no era el único; Pidge tenía un aspecto horrible.

11 de junio. Por la mañana, por alguna razón, me reí de Pidge. Para mi sorpresa, se dio cuenta de ello y le disgustó profundamente. Empezó a pasearse pisando fuerte arriba y abajo y lanzándome miradas envenenadas.

13 de junio. Una navegación estupenda, pero no para Pidge; vi la mirada de disgusto en su rostro cuando le alcanzó una ola. Cuando subí a cubierta me encontré con que la corredera se había parado. Indirectamente, Pidge era responsable.

15 de junio. ¡Pidge! ¡Pidge! ¡Pidge! Era ella quien regía mi existencia. No podía soportar su mirada de desamparo. Estaba empezando a desarrollar un sentimiento de amor-odio. Cuanto más me irritaba, más desgraciado me sentía por su cada vez más débil salud y más responsable de su bienestar.

21 de junio. Pidge se ha caído al mar. Era descorazonador ver su pánico mientras la popa se alejaba rápidamente. Sabía por experiencia que nunca volvería a verla si la perdía de vista. Tenía que orzar hasta ella de manera que quedara a menos de medio metro del costado del barco… no conseguí agarrarla. Volví a dar la vuelta. En una ocasión resbalé pero no tenía tiempo de enganchar mi arnés. Creo que di 14 vueltas y pasadas a por Pidge.

Me sentí hecho polvo mientras sujetaba su cuerpo empapado. Si solo hubiera podido confiar en mí, habría comprendido que estaba intentando ayudarle, no hacerle daño, y estaría todavía con vida.

Le hice un entierro marino en mi mejor lata de galletas.

Pidge era una paloma.

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