Cuentos de navegantes: la chusma y la damisela

La víspera, por la noche, había llegado la orden de hacer la borrasca, es decir la gran limpieza de la galera. Corría el rumor de que un personaje de calidad, que se dirigía a Flandes, había mostrado ante los oficiales deseo de visitar una galera.

A las ocho, el capitán Marigot de Moro se presentó en la galera, hizo aparecer a los cómitres y anunció que el gobernador en persona guiaría a los extranjeros distinguidos, entre quienes se encontraba una dama en honor a la cual habría la chusma de dar el saludo real.

A las diez, una vez afeitadas las cabezas y barbas de todos los forzados, y habiendo endosado a cada cual la casaca roja y el gorro reglamentario del mismo color, se vio despegar una barca del malecón, frente al arenal. Al atracar la barca, echaron una escala y tres señores magníficos, de altivas pelucas, ayudaron a la más bella criatura que pueda imaginarse a posar sus pequeños pies sobre la galera. El capitán Marigot de Moro, doblado ante la preciosa muchacha, sonreía barriendo la crujía con la pluma de su sombrero. Y mientras los oboes ejecutaban las composiciones más dulces por entonces en boga, la chusma aulló por dos veces consecutivas su grito de bienvenida, ronco y melancólico.

Con sus pesadas faldas ligeramente arremangadas para saltar sobre los cabos de maniobra, la dama desconocida mostraba con gritos de niña su interés por cada detalle de aquel infierno flotante ornado con doradas esculturas a la gloria de las divinidades marinas. Tras recorrer la galera en toda su eslora, la dama y los señores fueron a sentarse en unos sillones dispuestos en la cámara de popa. Y mientras los músicos proseguían su concierto, los cómitres silbaron el mónimo o los monos. Al primer silbido, los forzados se tumbaron: no se los veía ya. Al segundo, mostraron cada uno de ellos un dedo, y al tercero la cabeza. A un cuarto silbido se levantaron muy derechos y la damisela no pudo reprimir un ligero grito que pronto se transformó en risa, pues al quinto silbido los forzados abrieron todos su boca. La volvieron a cerrar enseguida y todas las mandíbulas chocaron a un mismo tiempo. Un prolongado silbido sonó al fin y la chusma recayó en su indiferencia.

La dama embarcó para regresar a tierra. Todos seguían con los ojos el juego de los remos sobre el mar, sintiendo en su interior la tristeza o el odio provocados por aquella aparición. Entonces fue cuando ocurrió el accidente: la barca volcó. Nadie sabía nadar en aquella barca. Entretanto, dos o tres forzados  se levantaron. Uno de ellos, con permiso del capitán, se arrojó al agua y rápidamente comenzó a nadar hacia la embarcación volcada. El hombre del gorro rojo se sumergió y tuvo la suerte de pescar a la bella desvanecida; le hizo sacar la cabeza fuera del agua y mientras la sostenía en la superficie con los dientes, mordiendo los encajes esponjosos y amargos del corpiño, le cortó con una mano la gran vena del cuello. Para su satisfacción personal y para atender los más íntimos deseos de la chusma. Inmediatamente, una fugaz mancha roja reveló su acto y el forzado se dejó hundir aferrado al cuello de su víctima.

Por espacio de dos horas la galera pasó y tornó a pasar sobre la tumba de la bella visitante, mientras el capitán buscaba la clave del misterio que todos los hombres de la chusma habían desentrañado ya…

(Extracto de La Chusma de Pierre Mac Orlan, en A bordo de la Estrella Matutina y otros relatos).

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