La viuda Ching y su negocio de productos trasbordados

Si cualquier hereje, desclasado, esclavo insurrecto o agitador tenía cabida en la empresa corsaria, las mujeres no iban a ser menos. Estas mujeres piratas – muchas de ellas viudas – se comportaban como auténticos hombres. Es más: superaban a los hombres en valor, destreza y crueldad.

Cierto día la señora Ching Shih, o Cheng I Sao (1775-1844) se convirtió en la esposa del señor Ching, que desde 1797 dirigía el consorcio de los piratas del mar de China. Sus barcos distribuían generosamente el terror a lo largo y ancho de todos los ríos y mares habidos y por haber, hasta que el emperador, más que harto de tanta degollina y expolio, nombró a Ching maestre de los establos imperiales.

En este punto, el relato de la crónica es contradictorio: según una primera versión, Ching desairó los honores imperiales y continuó sus escabechinas hasta que lo mataron en alguna escaramuza. Otros cuentan que Ching aceptó el puesto y sus colegas del consorcio, desolados, le obsequiaron con un plato de arroz y orugas envenenadas. Sea como fuere, el caso es que Ching murió, y, con toda probabilidad, no de muerte natural.

Su viuda, lejos de sentirse desconsolada, se hizo cargo del negocio familiar, y llevó el mando y las cuentas con mano y voluntad de hierro. La señora Ching se convirtió en la reina absoluta de seis enormes escuadras, con 500 barcos de 15 a 200 toneladas cada uno, dotados de 25 cañones en ambas bandas. El reglamento de la señora Ching era de todo menos blandengue. La viuda, cuando se ponía a pensar en castigar una falta, lo primero que se le ocurría – por insignificante que fuera dicha infracción – era penarla con la muerte, así que con faltas graves ya no se le ocurría otra penitencia mejor o más ejemplarizante. La viuda Ching era tan sumaria como Napoleón, y de una eficacia parecida, según puede deducirse. Pronto prohibió hablar de botín y se refirió al fruto de sus rapacerías como “productos trasbordados”, expresión de una absoluta modernidad…

En el año 1808, una flota imperial, impresionante incluso para la señora Ching, la atacó sin piedad hasta que los cadáveres flotaron en el mar en tal número que bien podrían haberse confundido con la espuma de las olas. Pero la viuda, con sus ardides, sus profecías, su gong y sus tambores, además de su encantadora ferocidad, venció en la contienda.

El negocio de la viuda Ching continúa siendo de lo más floreciente durante un largo año más, justo hasta que el emperador le envía a un nuevo almirante que la somete a una tenaz y porfiada cruzada que la deja exhausta y la humilla con la derrota. A pesar de todo, la señora Ching consigue rearmarse y continúa con sus fechorías, gobernando escuadras cada vez más fortalecidas, devastando aldeas y sembrando el terror allá donde pisa o navega.

Los anales – como siempre – dan dos versiones bien distintas del fin de la viuda Ching. Para unos, llegó a un acuerdo con el Gobierno y terminó dirigiendo una empresa de contrabando de opio. De nuevo jefa emprendedora donde las hubiese, y antes muerta que modesta, se hizo llamar “Esplendor de la Verdadera Instrucción”. La otra versión cuenta que se retiró de los negocios del mundo y se casó con un gobernador. De ser así, no se sabe a ciencia cierta si volvió a enviudar o si, por el contrario, dejó viudo a ese santo varón que tuvo los arrestos suficientes para volver a desposarla…

(Extracto del artículo “La pirata del mar de China” de Ángela Vallvey, 24/07/05).

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