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Dame 1 minuto de agua

 

… una de cada siete personas en el mundo no tiene acceso al agua …

… un mar que desaparece …

… las próximas guerras serán las guerras del agua …

por favor, dame 1 minuto de agua

¿Y por qué a rayas?

Una primera precisión en cuanto al origen del jersey marinero, en realidad tendría que denominarse el “chándal marinero”, ya que fueron los mercaderes de ajo de la Bretaña francesa –navegantes que se dirigían a Inglaterra en el siglo XVIII para vender ajos y cebollas– quienes por primera vez lo utilizaron. Tejido con nudos muy apretados, era la ropa ideal para protegerse del frío y del viento. Por deformación lingüística, los marchands d’ail se convirtieron en chandail, chándal en castellano.

Ya tenemos los jerseys, ahora vamos a por las rayas. En 1858, una ordenanza de la Marina francesa estableció la obligatoriedad de las rayas en los uniformes de los marineros (para los oficiales se reservaba un tono único). Estos debían tejerse en algodón de color crudo teñido con índigo y contar para el cuerpo con 21 rayas blancas de 20mm y 20/21 azules de 10mm, y para las mangas con 15 blancas y 14/15 azules. ¡Con la ropa del marino no se bromea! Evidentemente es un asunto serio.

¿Y por qué a rayas? Por varias razones posiblemente. En primer lugar porque las rayas son símbolos de exclusión y de infamia, y por eso los marineros –los más bajos de la jerarquía– debían distinguirse con ellas. En segundo lugar porque las rayas son más visibles durante las maniobras peligrosas o en caso de caídas al mar. Y por último, por un motivo económico, el índigo costaba caro, así que se decidió intercalarlo con rayas blancas que fueran más anchas que las azules.

Espero que de ahora en adelante no nos pese llevar tanta historia encima cuando salgamos a navegar con nuestra panoplia de rayas…

La fotografía del Sireno del Río de la Plata está instalada en el muelle del Puerto Viejo de Algorta de manera que interactua con el mar, es decir, la imagen ofrece diferentes lecturas en función de la marea: la pleamar nos dejará ver únicamente el retrato de un hombre con el torso desnudo, mientras que a medida que baja la marea se va desvelando que se trata de un ser marítimo, un sireno.

¡Qué bueno está el sireno, maestro! ¿Dónde lo pescó?, se oye preguntar.

Para Marcos López, el autor, el Sireno del Río de la Plata es una metáfora de la periferia. Apareció una mañana medio ahogado en las aguas del Río de la Plata. El río sin orillas que se parece al mar. El río por donde entraron los conquistadores a buscar el oro de la inmensa América. El Sireno es una ilusión.

No hay mujeres malas

Cuando leí en su día La carta esférica de Arturo Pérez-Reverte me llamó la atención este diálogo entre Coy y el Piloto al referirse a Tánger Soto, la mujer que se embarca con ellos en búsqueda del tesoro hundido.

- Es mala, Piloto. Mala de cojones.

- No hay mujeres malas – dijo de pronto el Piloto-.

Igual que no hay barcos malos… Son los hombres a bordo quienes los hacen de una manera o de otra.

Y estoy de acuerdo con el Piloto. En el barco, como en la vida, un buen patrón es fundamental para llegar a buen puerto.

(…) El hombre es malo o cruel por ambición, por lujuria, por estupidez habitualmente; la mujer es mala por necesidad de supervivencia: cuando decide ser mala, cuando la mujer tiene que sacar esa fortaleza moral que ella tiene, de la que el hombre carece, y utilizarla para pelear, sabe que marcha o muere, o sea, que si fracasa está lista.

Por eso lucha a vida o muerte, por eso, la mujer, cuando decide lanzarse a algo, a un amor, a una pasión, a una aventura, a un trabajo, a un sueño, a unas oposiciones, a lo que sea, lo hace de una forma absolutamente intensa, porque sabe que a lo mejor no hay segunda oportunidad; además, pelea en un mundo que es de hombres, marcado territorialmente por hombres, en el cual ella sabe que tiene menos armas. De ahí, entonces, se explica que aquello injustificable en los hombres, lo a menudo abyecto, en la mujer sea un mero mecanismo de supervivencia (…).

(Extracto de la entrevista de Iñaki Esteban a Arturo Pérez-Reverte).

No puedo evitar la tentación de compartir aquí este pequeño hallazgo publicado en Nueva York en el año 1835. Se trata de un libro breve, brevísimo, de tan sólo ocho páginas, que lleva por título El libro del mar: para la instrucción de los pequeños marinos. Rimbombante sí, pero al mismo tiempo tremendamente ingenuo visto desde nuestra perspectiva actual.

De las ocho páginas del manual, dos están dedicadas a explicarnos cómo son los marinos y el resto a la descripción de los diferentes tipos de barcos de la época.

Y dice así:

Los marinos pasan la mayor parte de su tiempo en el agua. Se acostumbran tanto a vivir en el agua que cuando están en tierra a veces no saben lo que hacer para pasar el tiempo. Y tras pocos días o semanas están muy contentos de encontrarse de nuevo a bordo de su barco y en el ancho mar azul.

Los marinos son buenos y valientes; y si tú eres amable con ellos, ellos harán todo lo que esté en sus manos para demostrarte que se dan cuenta y te corresponderán.

Son una clase de hombres muy necesarios, y que nos aportan mucho bien haciéndose a la mar y arriesgando sus vidas en las tormentas para traernos cosas buenas de países lejanos. Se entretienen unos a otros en los largos viajes contándose largas historias. Ellos lo llaman hilar historias inventadas.

Y así son los marinos, según se explica a los pequeños navegantes de hace 175 años.

Y el que esté libre de problemas de convivencia a bordo que tire la primera piedra (o lo que tenga más a mano). En general, estamos predispuestos a pensar que el hecho de poseer una afición común, en este caso la vela, es suficiente para garantizar un buen ambiente a bordo. Así se forman tripulaciones de lo más heterogéneas, con importantes diferencias generacionales, socioculturales, de costumbres y de educación, basándonos en que ¡a todos nos gusta navegar! Sin embargo, es un grave error reunir ingredientes que, con un poco de agitación y algo de tiempo, se transformarán con seguridad en un explosivo cóctel molotov.

Durante una regata a vela de algunas horas o días, las diferencias surgen pero normalmente quedan amortiguadas por el objetivo principal de la navegación que es navegar más rápido, con mayor eficacia y a ser posible llegar los primeros. Cualquiera que haya practicado un deporte en equipo lo sabe. No dejaremos que el spi caiga al agua porque el patrón sea un cascarrabias, ni esconderemos la manivela porque el trimmer sea un auténtico petardo.

En donde todo cambia es durante el crucero. El objetivo del crucero es el placer y como a todos nos gusta navegar… Y en esta falacia caemos y cometemos el error de olvidar que, con frecuencia, las horas de convivencia en un barco superan con mucho a las de navegación. Ya no se trata de pasar la manivela al petardo del trimmer, sino que ahora debes compartir tus horas de ocio con él. Y de verdad ¿cuánto tiempo te ves soportándolo en tierra? Hazte esta pregunta y divide entre 2, 3 o más según tu grado de tolerancia y decide en función del resultado si la convivencia puede resultar placentera. No me refiero a posible, porque posible siempre lo es con tal de que una de las partes muestre grandes dosis de respeto y paciencia, pero no olvidemos que el objetivo final del crucero es disfrutar y no hacer prácticas zen de autocontrol.

Confucio nos explicaba que para discutir hay que tener principios comunes. Y, en mi opinión, para una buena y plácida convivencia a bordo, donde irremediablemente surgirán conflictos, es preciso compartir criterios similares con todos o la mayor parte de los tripulantes y no confiarnos en el socorrido ¡a todos nos gusta navegar!

Adiós 2010, ¡bienvenido 2011!

Nochevieja y Año Nuevo son fechas de nostalgias y de renovados propósitos y deseos. Dejamos atrás experiencias, sueños y personas, cuyos rastros se añaden a los éxitos y fracasos que llevamos a cuestas. ¡Tantos más cuantos más numerosos los años! Y, a veces, pensamos que, como Sísifo, estamos condenados a subir eternamente la misma pesada piedra; y, en otras ocasiones, nos crecen las alas del siempre renaciente Fénix.

Para estrenar el año con optimismo, esta vez me decanto por añadir una nueva tradición a las doce uvas y al brindis con champán con mis personas más queridas (nunca me ha convencido llevar braguitas rojas ni sumergir un anillo de oro en la copa). Me refiero a comer una sopa de “puntos” (es decir, de fideos chiquititos como bolitas o puntos), un válido sustituto light del plato de lentejas. Comer algo con muchas pequeñas unidades significaría obtener durante el año nuevo mucha cantidad de aquello que se desea.

Y para despedir el año 2010 con nostalgia y con una sonrisa, un sketch de Martes y Trece, uno más de los muchos que vimos en las nocheviejas de los 90. En éste, el comandante Cousteau nos explica algo muy útil para todos nosotros, los navegantes, que los procelosos fondos marinos no sólo están llenos de agua, sino que además hay vida en ella.